20/4/12

El rostro de la guerra

"¿Puede la guerra, que es un crimen entre los particulares, ser un derecho entre las naciones?"
Juan Bautista Alberdi (1810 - 1884)  

En las primeras décadas del siglo XIX, un militar alemán, Carl Von Clausewitz, a quien se considera uno de los  grandes teóricos  e historiadores de la guerra, encabezaba su obra capital con una pregunta: ¿cuál es la esencia de la guerra? 

Pues bien, en este post, el último del blog, aunque no pretendemos contestar a esa pregunta queremos, al menos, hacer algunas consideraciones comprendidas en el ámbito de la misma.   

Pero, queremos aclararlo, aquí hablaremos exclusivamente de la guerra moderna, es decir de la guerra secular, y no de la guerra tradicional.

Y para explicar muy brevemente la diferencia entre ambas nociones de la guerra, baste decir que  la guerra tradicional era, al menos en su forma pura, y suponiendo que tal pureza haya existido alguna vez en una guerra, la lucha por el restablecimiento o la defensa, en la sociedad humana, de un principio trascendente.  

Mientras que nada parecido se encuentra, desde  hace siglos, en las guerras modernas. Y ahí donde se invocan  ideas trascendentes para justificar dichas guerras, es fácil reconocer que no se trata más que de una parodia de religiosidad destinada a disfrazar motivaciones mundanas. 

Dicho de otro modo, la guerra moderna no es una guerra de principios sino de intereses. Sean estos económicos, territoriales, políticos, étnicos, u otros.

Volviendo a la pregunta de Clausewitz.  Dicho autor la responde diciendo, no solamente pero sí centralmente, que la guerra es un medio al servicio de la política, y por lo tanto un aspecto o 'momento' de la misma.    En sus palabras:

"La conducción de la guerra, en sus grandes lineamientos, es en consecuencia, la política misma, que empuña la espada en lugar de la pluma..."  

Pues para Clausewitz la guerra no es un desenlace desgraciado que sobreviene a los estados en conflicto a pesar suyo, sino un medio instrumental cuya fuente, norma y finalidad es de orden político.

Ahora bien,  la idea de que la guerra es un aspecto de la política nos dice mucho acerca de la naturaleza de la política, pero no tanto con respecto a la guerra en sí. 

Es decir, plantear que las políticas de estado incluyen la destrucción masiva, tanto humana como material,    como un medio, eventual o sistemático, para la realización y mantenimiento de sus objetivos, nos habla de la violencia inherente a los estados nacionales. Pero eso no explica tal violencia, ni el tipo específico de destrucción, una destrucción masiva e impersonal, que la misma conlleva. 

Y otro tanto puede decirse de la implicación entre guerra y economía. Es un dato de hecho que la guerra sirve a intereses económicos. Por ejemplo, la producción y comercio de armas destinadas a las guerras efectivas permite a varios países desarrollados liberar los excedentes de su superproducción industrial, y le imprime, por ello, un estímulo y crecimiento importante a sus economías.

Pero, nuevamente, esto nos enseña más sobre la naturaleza de la economía capitalista, sea estatal o privada, que sobre la guerra misma en lo que tiene de más específico.

Por supuesto, sería conveniente, para no caer en un pacifismo ingenuo -ya que no todo pacifismo es ingenuo-  estudiar con detenimiento las relaciones entre la guerra y esos, y otros, aspectos de la realidad social y cultural. Pero considerar esas cuestiones superaría, en mucho, los límites que hemos asignado a este post.          

Así, y en vista de que esos aspectos -como la política y la economía- no dan cuenta, para nosotros, de la naturaleza de la guerra sino que, al contrario, es la guerra la que descubre en parte la verdadera naturaleza de los mismos, en vista de eso, nos preguntamos otra vez: ¿cuál es la esencia de la guerra?

Pues bien, unas décadas después de Clausewitz, y en una Sudamérica en la que emergían un conjunto de nuevos estados nacionales ensangrentados por las guerras anticoloniales e internas, un lúcido escritor y jurista, Juan B. Alberdi, analizó el fenómeno de la guerra e hizo varias observaciones  interesantes sobre el tema. 

Del trabajo de Alberdi se desprende como idea esencial, a nuestro juicio, lo siguiente: la guerra es  la perversión de la justicia.    

Como buen jurista y humanista que era, Alberdi puso el dedo sobre una ambigüedad fundamental de la guerra: su carácter legal y a la vez transgresor de la ley. O, mejor dicho, su carácter legal en lo jurídico pero, a la vez, criminal en su ejercicio concreto.     

La perversidad de la justicia que rige la guerra queda expresada muy sintéticamente en la frase de Alberdi que citamos en el epígrafe. Así como en otros lugares de su obra; entre ellos en el siguiente pasaje:

"La guerra es un modo que usan las naciones de administrarse la justicia criminal unas a otras con esta particularidad, que en todo proceso cada parte es a la vez juez y reo, fiscal y acusado, es decir, el juez y el ladrón, el juez y el matador"

Dicho de otro modo, ese autor veía en la guerra una severa distorsión de la justicia por la cual esta última deviene, para cada parte enfrentada, la instancia legitimadora de una actividad  destructiva ejercida sobre la otra parte; pero al interior de cada parte esa actividad  es considerada criminal. 

Así, la justicia, pervertida, es un derecho al crimen. Y la argumentación de Alberdi se orienta a...

"...probar que la guerra es un crimen, es decir, una violencia de la justicia en el exterminio de seres libres y jurídicos"  

En base a esa idea central, el autor proclamaba, en su tiempo, que la guerra podía evitarse si los estados lograban acordar, establecer, e imponerse a sí mismos, una justicia internacional que fuera neutral, y común a todos, en la solución de los conflictos.  Es decir, imaginaba una corrección jurídica de la perversión de la justicia que subyace a la guerra.       

Y de hecho en el siglo siguiente, más allá de Alberdi y presionados por la destructividad de la propia guerra, ciertos estados 'centrales' intentaron concretar esa visión.

Así, en 1928, después de la primera guerra mundial, por el tratado Brian-Kellog,  varias potencias europeas y Japón se comprometieron a renunciar a la guerra como vía de resolución de conflictos internacionales. 

Pero, inventa lege, inventa fraude; es decir hecha la ley, hecha la trampa:  la segunda guerra mundial, que sobrevino no muchos años después del tratado e involucró a las mismas potencias, destruyó el acuerdo y las esperanzas depositadas en él.  

A su turno, después de la segunda guerra, otro tratado internacional, la Carta de las Naciones Unidas (1945), directamente prohibió la guerra como medio de resolución de controversias internacionales. 

Sin embargo, el mundo siguió contemplando el horrendo rostro de la guerra:  Corea, Vietnam,  Egipto, Jordania, Irak, Siria, Israel, el Golfo, Afganistán, Chechenia, Líbano, y otras. 

Y en esas guerras participaron, directa o indirectamente, varios firmantes de la carta de las Naciones Unidas...   

Eso no significa que los tratados internacionales estén siempre destinados al fracaso; ni que no deba realizarse un esfuerzo en ese sentido; pero sí nos indica claramente que la abolición de la guerra no es exclusivamente un problema jurídico.

Así, si la guerra es una perversión de la justicia, la justicia, por su parte, no se reduce al derecho positivo.

La perversión que, a nuestro juicio acertadamente, puso de manifiesto Alberdi, se expresa en el campo del derecho pero no se reduce al mismo. Ya que se trata de una distorsión más esencial; una que concierne no a las leyes positivas sino al sentido de justicia sin el cual no hay ley posible.    

La justicia, si decimos, del modo más general, que es un principio de equilibrio, tal como lo sugiere su símbolo emblemático, la balanza, ha de comprenderse en el orden humano, que trasciende al orden natural, no como una regulación exterior de las partes, sino como el reconocimiento recíproco de las mismas y de la totalidad común que las unifica.      

Por eso Platón consideraba a la justicia como un principio de armonía  y felicidad, y a la injusticia como un factor de discordia y violencia.  Tal como dice en uno de sus diálogos: allí donde se introduce la injusticia entre los hombres.... 

"¿No hará que se odien entre ellos, y los conducirá al tumulto y los tornará incapaces de obrar de acuerdo?"

Y a continuación agrega, siempre en referencia a la injusticia:  

"Si se interpone entre dos personas ¿no disentirán y se odiarán y serán enemigos entre ellos y también de los justos?"

Así, la injusticia no es un desequilibrio exterior entre partes enfrentadas pero cada una subsistente de por sí, sino un desarreglo más fundamental por el cual las partes son incapaces de percibirse a sí mismas y a los otros como aspectos de la misma totalidad.  

En el concepto platónico de justicia, el equilibrio resulta del acomodo recíproco de las partes en función de su naturaleza intrínseca. Pero su naturaleza intrínseca es indisociable de la unidad a la cual esas partes se hayan integradas. De modo que es el todo, entendido no como suma de partes sino como principio interior que las define y coordina, el fundamento último de la justicia.

Por eso la guerra, como perversión de la justicia, es, en esencia, un problema espiritual.  Ya que resulta de una enajenación recíproca de los seres, una imposibilidad de reconocerse los unos en los otros, por la cual la auto afirmación de los unos supone el  sometimiento, menoscabo, abuso y destrucción de los otros.  

Así, las políticas de estado que contemplan la guerra como uno de sus medios legítimos, y por lo tanto no sólo la consienten sino que solapadamente la preparan, son sólo la expresión exterior de aquella enajenación de base.

La superación de la guerra, entonces, supone, como afirma el líder budista contemporáneo Daisaku Ikeda, la  aprehensión de la totalidad subyacente a las diferencias y conflictos entre los hombres.  En sus palabras:

"Hay que idear medidas concretas que aseguren una paz duradera. Y los pueblos del mundo deben orientar sus recursos intelectuales precisamente hacia este objetivo. Lo esencial es apartarse radicalmente del enfoque estrecho, centrado en cada nación, para adoptar una perspectiva global"

Pero la 'perspectiva global' ahí no resulta de un voluntarismo bien intencionado, sino del reconocimiento de cada uno en el otro. Por eso el mismo autor, unos años después, volvió sobre aquella llamada  a la paz y aclarando su fundamento interior, dijo: 

"cuando uno se interna verticalmente en las capas profundas que forman su propio ser, lo que encuentra es lo universal"

Cabe aclarar que eso no apunta a la anulación de la singularidad, como quiere cierta perversión de la metafísica y la 'espiritualidad' que ha tenido bastante difusión en nuestra época, sino al reconocimiento del principio, universal e interior, común a todos los hombres.

Por supuesto, ese reconocimiento de los seres entre sí, y de su principio común, es algo que difícilmente ocurre de manera espontánea, por lo menos a escala general.  Por eso, la justicia, como la paz, es una tarea...

Para ir cerrando queremos ahora sí referirnos a una enseñanza tradicional acerca de la guerra: el libro sapiencial llamado por los orientales Sun Tzu, y conocido en Occidente como 'arte de la guerra'. 

El Sun Tzu, nombre que alude al linaje al que pertenecían sus autores, ya que se trata de una obra colectiva, ha sido entendido ante todo como un tratado de estrategia de guerra destinado a asegurar el éxito en la misma. 

Sin embargo, en un sentido interior, y una obra explícitamente taoísta como esa no podría no tenerlo, el arte transmitido en el Sun Tzu no es tanto el arte de ganar la guerra como el de superarla. Es decir, el arte de triunfar no sobre el enemigo sino sobre la guerra misma. 

Para comprender eso es necesario captar el fino hilo espiritual que teje, discretamente, esa obra.  Sin embargo, en algunos momentos esa finalidad superior del arte de la guerra se pone de manifiesto.  Así, por ejemplo, cuando dice:

"Y por eso el que es hábil cuida el Tao y preserva el método. De ese modo, uno puede ser la medida de la victoria y la derrota"

Pero, si uno puede ser la medida de la victoria y la derrota, es porque la guerra ahí no consiste en el enfrentamiento con otro, sino en la superación de la injusticia en sí mismo. 

En ese sentido, 'cuidar el Tao'  y 'preservar el método'  equivale a ser 'justo' en el sentido más genuino del término. Es decir, no en un sentido legalista (sentido siempre afectado por algún grado de fariseísmo) sino trascendiendo la escisión interior en la que se funda la guerra.

Y de modo todavía más explícito, dice:  

"Un centenar de victorias en un centenar de batallas no es lo más hábil. Lo más hábil es someter al ejército contrario sin batalla"

Pero, pero 'someter sin batalla' no significa reemplazar la guerra por alguna forma 'pacífica' de dominio sobre el otro, sino alcanzar la totalidad. Es decir triunfar sobre la enajenación, la injusticia, que hace de la natural diferencia y oposición entre los seres, un antagonismo irreductible y violento.        

Así, con la misma llamada a cultivar una visión de la totalidad con la que en su momento abrimos este blog, El Gallo, damos ahora por terminada la actividad del mismo. 

Agradecemos especialmente a quienes nos han acompañado, y de modo general a todos los que nos han visitado.



El rostro de la guerra, por Salvador Dalí 

Referencias:
- Las palabras de Alberdi están tomadas de su obra 'El crimen de la guerra'. Existe una edición digital en Internet: Pinche para ir

- Las palabras de Clausewitz pertenecen a su obra 'De la guerra', y las encontramos citadas en el estudio de José Fernández Vega 'Carl Von Clausewitz, guerra, política, filosofía' {editado por Almagesto, Bs. As. }

- Las palabras de Platón pertenecen a su diálogo 'República'. En Internet se encuentran ediciones digitales de ese diálogo, por ejemplo en el sitio Scribd:  Pinche para ir 

- Las citas de Ikeda pertenecen: la primera a su conferencia 'Un mundo sin guerras', incluido en la antología del autor 'Una paz duradera' {editado por Emecé, Bs. As.}; y la segunda a la charla sobre 'Globalismo y nacionalismo' incluida en la antología 'El nuevo humanismo' {editada por FCE, México}.

- Las frases del Sun Tzu pertenecen a la obra titulada 'El arte de la guerra' {editado en español por Edaf, España e Hispanoamérica}

- Para indagar en el sentido tradicional de la guerra, puede partirse del texto  de René Guenón 'La guerra y la paz', incluido en  su obra 'El simbolismo de la cruz'  {editado por Obelisco, Barcelona}  

- Para obtener información descriptiva y analítica sobre la carrera armamentista mundial, puede consultarse el sitio de la Stockholm International Peace Research Institute (publica un resumen anual en español): Pinche para ir