27/12/11

El Himno

A propósito del himno griego, entendido como prototipo de plegaria comunitaria, Hegel dijo:

"Éste retiene en él la singularidad de la autoconciencia y esta singularidad, al ser escuchada, es al mismo tiempo como universal: la devoción, encendida en todos, es la corriente espiritual que, en la multiplicidad de la autoconciencia, es consciente de sí como de un igual obrar de todos y como ser simple; el espíritu, como esta universal autoconciencia de todos, tiene en una unidad tanto su pura interioridad como el ser para otros y el ser para sí de los singulares"

En su característico estilo de espiral Hegel nos dice ahí, entre otras cosas, lo siguiente:

En el himno, la referencia al principio trascendente que unifica a la comunidad se expresa en todos como un todo, y en cada uno individualmente, en la plena autoconciencia de la propia individualidad y en la conciencia de la reciprocidad de unos y otros en la unidad de su principio común.    

Así,  el himno religioso, y más allá del lugar que le asignó Hegel en su fenomenología de las figuras del espíritu, constituye un símbolo de la libertad comunitaria.   

Pues, en una comunidad libre el principio que unifica a la comunidad es también el principio interiormente reconocido por cada individuo como su propio principio. Por lo tanto, el acomodamiento de los individuos a la comunidad no implica coacción alguna sino el mutuo reconocimiento  de todos ellos entre sí, y la conciencia compartida del principio que los une.      

Ahora bien, ¿cómo se realiza una comunidad libre?

Hegel pensó que el estado moderno podía realizar en la historia la unidad libre de los individuos. Sin embargo, la propia historia lo desmintió.     

Y retroactivamente no es difícil darse cuenta de que el fracaso de los estados para asegurar la libertad y unidad comunitaria e individual, no es el resultado de contingencias empíricas sino de su mismo concepto. Pues el estado no es sino una abstracción objetivada.  

Pero, ni el principio unitivo, ni la comunidad viviente, ni el individuo autoconsciente, pueden ser objetivados.  Por eso la comunidad libre no puede ser institucionalizada.

A la inversa, ahí donde el grado de institucionalización de la comunidad es alto, se encuentra siempre un grado correlativo de separación y enajenación de los individuos entre sí, y con respecto a su principio.     

En este orden de ideas, cabe evocar las palabras de un maestro budista contemporáneo, Daisaku Ikeda, quien, a propósito del carácter interior del Dharma o Ley budista, es decir del principio espiritual que rige el cosmos y la vida humana, dijo:

"Cuando la ley se exterioriza y el hombre se aparta del aspecto esencial -que es su entidad intrínseca-, retorna al imperio de la norma heterónoma, puesta afuera del hombre y concebida como algo que le es ajeno"

Y poco más adelante, agregó:

"{...} cuando la ley se conceptualiza como categoría externa del hombre, es fácil que aquélla sea utilizada por el poder religioso y secular para rebajar al ser humano a distintos niveles de sojuzgamiento"

Es decir, la concepción externa y objetivada de la ley conlleva el extrañamiento del hombre con respecto a la misma.  Por eso, el imperio de la 'norma heterónoma', es decir de la ley entendida como coacción exterior y relación de dominio, es el resultado de aquella exteriorización y objetivación.

Lo mismo puede decirse de la ley religiosa -o trascendente- y de la secular. Pues donde los principios interiores que unifican y guían una comunidad se exteriorizan y objetivan al  punto de que dejan de ser reconocidos como interiores, se ingresa siempre en el imperio de la ‘norma heterónoma’. 

La historia de la opresión religiosa y secular ilustra ese punto de manera abundante y elocuente.             

Con respecto al ámbito de la religión y la metafísica, cabe señalar que es, justamente, contra la exteriorización y objetivación de los principios e ideas trascendentes, y de sus símbolos, contra lo que se ha rebelado esencialmente la conciencia moderna.  

Pero, dicha conciencia no ha sabido transformar su reclamo en una mayor interiorización de los principios, ideas y símbolos en juego, y por lo tanto en una profundización de su verdad, sino que ha derivado en la completa negación de todo principio trascendente.

Así, en lugar de interiorizar la referencia a la trascendencia; en lugar de reconocer dicha  trascendencia como una dimensión abierta al interior del hombre y no situada en un 'más allá' objetivo y exterior al mismo;  en lugar de eso, la modernidad clausura el acceso a la  trascendencia de manera taxativa y  unilateral.     

Y de ese modo se opera una escisión de la conciencia tanto o más aguda que aquella que se pretendía superar en la lucha contra la religión y la metafísica concebidas ambas de manera exterior y objetivada, es decir concebidas como extrañas al hombre.

Volviendo al símbolo del himno. La comunidad libre, a nuestro juicio, sólo puede ser plenamente realizada por comunidades anárquicas.

Pero, 'anárquicas' no significa aquí caóticas, ni privadas de ley, sino comunidades en las cuales el principio que guía y  unifica a la comunidad,  más allá de cuales sean las representaciones que lo  identifican en cada comunidad determinada, y más allá de cuales sean los fines particulares de cada comunidad,  el principio rector y unificador, decíamos, es reconocido y asumido interiormente por todos como su propio principio a la vez comunitario e individual.  

Por lo tanto, en dichas comunidades la institucionalidad, si existe, y puede ser que exista para responder a necesidades prácticas, se subordina a la ley interior de la comunidad.          

Y esas comunidades libres, digamos para terminar, constituyen el ámbito espiritual propicio tanto para la sanación del individuo moderno perturbado por su aislamiento egocéntrico,  como para la emancipación de la individualidad de las cadenas de la hegemonía y el colectivismo.  


Referencias:
La cita de Hegel pertenece a su 'Fenomenología del Espíritu', cap. VII, La Religión {traducción de W. Roces, editada por FCE, México}.  Hay una edición digital disponible en Internet: Pinche para ir

Las observaciones de Ikeda se encuentran en su conferencia ‘La superación de la agonía de Fausto: el alba de una nueva civilización’, incluida en la antología ‘El nuevo humanismo’  {editado por FCE, México} 

12/12/11

Comunidad espiritual y anarquía institucional

“A fin de salvar a los seres vivientes, como medio idóneo  doy la impresión  de entrar en el Nirvana, pero en realidad no paso a la extinción. Siempre estoy aquí predicando la Ley”.
Sutra del Loto

“Todavía un poco, y el mundo no me verá más; pero vosotros me  veréis;  porque yo vivo, vosotros también viviréis”
Evangelio de San Juan  

Las dos frases que citamos arriba, en las cuales hablan Buda y Jesús respectivamente,  tienen algo en común:  en ellas  se dice que una vez muerto el hombre divino para la vida exterior, el mismo seguirá presente, aunque de otra manera,  en la comunidad de sus seguidores.

Con respecto a la muerte del Hombre-Dios, Hegel, con su característica penetración, dijo:

“{…} la muerte deja de ser lo que de modo inmediato significa, el no ser de algo singular, para transfigurarse, convirtiéndose en la universalidad del espíritu que vive en su comunidad y muere y resucita diariamente en ella”

Así, la muerte del representante que encarna en sí mismo un principio divino propicia la interiorización de ese mismo principio por parte de la comunidad espiritual que se unifica en torno al mismo.

Es decir, mientras el principio divino está presente de manera particularizada y ostensible en la forma de un hombre concreto frente a la comunidad, ésta tiende a permanecer, en diversos grados, separada de dicho principio. Puesto que, aunque la comunidad lo reconoce como divino, y por eso lo sigue, lo percibe como si fuera exterior a ella misma.

Por eso la muerte del hombre singular da paso a la presencia interior, en la comunidad, del principio que ese hombre representaba.  Y, por lo mismo,  da paso a la presencia interior del mismo en cada uno de los miembros de la comunidad. 

Dicho sea de paso, eso no significa que el principio divino, a partir de que ha sido interiorizado,   no deba ser representado de ninguna manera, ni que cualquier representación del mismo instale nuevamente la separación que la muerte permitió superar.

Este último es, a nuestro juicio, el error de la iconoclastia, al menos en sus formas más unilaterales.  Pues, esa iconoclastia desconoce que el símbolo no hace presente a lo simbolizado en la forma exterior del símbolo, sino que lo hace presente en el alma de quien lo contempla.

El símbolo es como un badajo de campana que al golpear arranca un sonido en el alma de quien lo percibe. Y si ese 'sonido' no estaba ya ahí, virtualmente, esperando ser suscitado, no habrá símbolo ni ausencia del mismo que pueda remediar la situación.             

Una vez situados en el nivel de ser y de comprender que corresponde al simbolismo, la condición de la plena interiorización de un principio no es la supresión de la forma exterior de los símbolos que lo representan sino la superación de la opacidad por la cual esos símbolos parecen dotados de una existencia propia e independiente de la conciencia que los contempla.

Volviendo a nuestro tema. La dialéctica de muerte e interiorización que se reconoce en las primitivas comunidades cristiana y budista,  no es privativa de las mismas, ni siquiera de las comunidades religiosas en general, sino que permite vislumbrar algo  inscrito en la naturaleza misma de la vida comunitaria.        

De modo que intentando trasponer estas ideas a un plano más general, a fin de captar lo que puede servir para iluminar otras experiencias humanas comunitarias, obtenemos lo siguiente:  

En una comunidad espiritual, y extendemos ahora la expresión 'espiritual' a cualquier comunidad que no consista en una mera convergencia de intereses egoístas, las representaciones exteriores del principio  que la unifica y le da vida, deben vaciarse de realidad propia, para que dicho principio pueda ser cabalmente interiorizado por todos. 

Y si asumimos que la institucionalización de la vida comunitaria consiste en la fijación abstracta de los principios y los fines de la comunidad cristalizándolos en formas objetivadas que adquieren cierta autonomía, entonces, como corolario de lo anterior surge esto otro:

Cuanto mayor es el grado de institucionalización de una comunidad espiritual, mayor es el grado de separación, de extrañamiento o enajenación, de sus miembros con respecto al principio que le da sentido.

El mundo empírico refleja esto último con total claridad; por ejemplo, en el Estado moderno y en las religiones fuertemente institucionalizadas.  

Y a propósito de dichas instituciones es un error pensar que la violencia, el autoritarismo, la corrupción, el abuso, y otros males que las afectan, provienen de desvíos puramente individuales pero no comprometen a las estructuras institucionales mismas.     

Pues, lo cierto es más bien lo contrario:  el individuo puede permanecer fiel a un principio superior al mero interés egoísta solamente en el seno de una comunidad para la cual ese principio está todavía vivo de manera interior y sigue orientando el pensamiento y las acciones del conjunto.  

Y cuando no se da esa condición, el individuo que permanezca fiel al principio, es decir que siga siendo orientado interiormente por el mismo, deberá, tarde o temprano, enfrentar a la institución. Y cuanto más fuerte sea la misma, más probabilidades hay de que dicho  individuo termine aislado, segregado o incluso sea destruido. 

La historia está llena de ejemplos de eso último, de Sócrates en adelante, así que evitaremos insistir en ello...

De modo que frente a los males que afectan hoy, como siempre, a las grandes instituciones, todos los reclamos éticos y legales, así como las expresiones de indignación, por sinceras y genuinas que sean, resultan totalmente impotentes. Lo que se requiere, en cambio, es el vaciamiento institucional. La anarquía.   

Pero 'anarquía' es una palabra muy mal comprendida. Entre otras cosas porque los propios anarquistas, al menos quienes son identificados como tales desde el siglo XIX hasta hoy, no sólo incurrieron en excesos y errores en nombre de la misma, sino porque no supieron articular teóricamente sus  intuiciones, y el pathos libertario que los animaba, de un modo acorde a su verdadera profundidad.    

Así, cuando intentaron articular sus ideas, la mayoría, incluso quienes pertenecieron a sociedades iniciáticas y conocieron enseñanzas esotéricas, derivaron en un tosco racionalismo materialista que tiende a eliminar el principio interior y espiritual sin el cual la anarquía no es más que desorden y confrontación exterior.  Por otra parte, algunos grupos anarquistas abiertos a la trascendencia se  perdieron,  como sucedió en ciertos movimientos contraculturales norteamericanos del siglo XX, en vaguedades  y fantasías cuyo efecto fue más disolvente que liberador. 

De modo que, a nuestro juicio, la noción de anarquía debe ser repensada. 

Y para repensar la anarquía sería oportuno, entre otras cosas, estudiar, hasta donde sea posible, cómo se organizaron en el pasado las diversas comunidades originarias que existían en el Islam, el cristianismo y  el budismo,  así como los antiguos gremios de oficio. Y también, ya en plena modernidad, las iniciativas de autogestión, por ejemplo en comunidades étnicas, emprendimientos económicos, en los grupos de autoayuda, y otras. 

Pues, esas experiencias sugieren, hasta donde podemos ver, que ahí donde la forma institucional se mantiene al mínimo, la misma puede todavía subordinarse al principio común que anima a la comunidad. Por lo tanto ésta última se mantiene integrada espiritualmente y no exteriormente. 

Así, la anarquía, entendida como utopía inspiradora de orientación libertaria y comunitaria, no es, como bien señaló Bakunin, ausencia de ley sino ausencia de gobierno exterior. 

Y ausencia de gobierno exterior, según la entendemos, no se refiere a la eliminación de toda conducción sino sólo de sus formas objetivadas y alienantes.  Es decir, formas que adquieren tal grado de autonomía y consistencia propia que se disocian irremediablemente de la comunidad y del principio interior, y de los fines,  que debían dirigirla y mantenerla unida     

Por eso, dicho sea de paso, la anarquía no es incompatible con la tradición, sino sólo con la reducción de la misma a un mero formalismo institucional.     

En una comunidad integrada interiormente, el individuo, dado que el principio de unidad es también su propio principio interiormente reconocido, es libre.  Así, la comunidad espiritual es algo muy distinto a  la hegemonía colectiva.     

Y por otra parte, el individuo, porque es libre, puede participar en diversas comunidades e integrarse en cada una de ellas de acuerdo al grado de identificación que lo vincula a las mismas. 

Por último queremos agregar lo siguiente: 

Existen razones de peso para asumir que la tensión entre institucionalidad y anarquía no desaparecerá nunca, sino que se trata de una contradicción constitutiva y permanente de la vida social. 

Así, la anarquía no es tanto un proyecto social a ser realizado literalmente como una utopía inspiradora

Pero, 'utopía' es otra palabra muy mal comprendida. Pues se la suele entender como un sueño irrealizable.  El opuesto de la utopía, entonces, es el proyecto que se tiene por realizable, el sueño ‘realista’.

Sin embargo, esa estrecha antinomia es consecuencia y signo de un pensamiento abstracto, es decir carente de vida, y vulgarmente mundano. Pues, de esa antinomia entre utopía y realismo cabe decir aquello que Henry Corbin decía de la antinomia entre 'mito' e 'historia' en la que se debatían creyentes y ateos a propósito de los milagros que figuran en los relatos religiosos .  En sus palabras:

“ las polémicas que enfrentaron en Occidente a creyentes y no creyentes tuvieron lugar en un nivel de conocimiento que ni los unos ni los otros lograron abandonar.  {…} El dilema estribaba en fe y falta de fe: historia o mito.  Hubiera sido necesario admitir que el primer y supremo milagro es la irrupción de otro mundo en nuestro conocimiento, irrupción que desgarra el entramado de nuestras categorías y de sus necesidades, de nuestras  evidencias y sus normas”   

De manera análoga lo que importa en la utopía no es la posibilidad o imposibilidad de realización de su contenido empíricamente entendido,  sino el 'milagro' por el cual la misma propone una visión que trasciende las limitaciones del mundo que conocemos. Y justamente por eso, por abrirse a posibilidades de concepción más allá de lo empírico conocido, tiene un poder creador y transformador dentro de dicho mundo.  

Otra cosa que queremos agregar es que, a la luz de todo lo anterior, se reconoce que el ciberespacio constituye un ámbito especialmente relevante en relación a los temas que nos ocupan. Y que Internet y las tecnologías de información y comunicación asociadas a la misma tienen, si se sabe utilizarlas, un importante potencial emancipador.

Al respecto cabe evocar lo que un intelectual anarquista, Herbert Read, escribía en 1938:

"Lo que necesitamos es un 'mercado negro' de la cultura, la determinación de eludir las instituciones académicas en bancarrota, los valores fijos y los productos adocenados del arte y la literatura corriente; no comerciar nuestras mercancías espirituales por los reconocidos conductos de la Iglesia, el Estado o la Prensa; sino, más bien, pasarlos por 'debajo del mostrador'"

Pues bien, ese 'mercado negro', metáfora de una cultura que circula al margen de los sistemas de validación y de comercialización convencionales, se desarrolla a diario desde hace casi 20  años en el ciberespacio.

Aunque, por otra parte, el ciberespacio también ha servido para potenciar el avasallamiento de las empresas y el control, directo o subrepticio, de los estados sobre los individuos.  Y ha propiciado la formación y proliferación de grupos y colectivos humanos muy comunicativos, pero no necesariamente espirituales y libres. 

Así, todo indica que también en el ciberespacio la tensión entre la utopía anarquista y ese tipo espurio de 'realidad' que resulta de la institucionalización social y cultural, será permanente...  


Referencias:
El pasaje del Sutra del Loto es traducción nuestra de la versión inglesa, basada en la china, de B. Watson: The Lotus Sutra.  El pasaje se encuentra específicamente en el capítulo XVI titulado Life Span of the Thus Come One {editado por Soka Gakkai, Tokyo}   

Dicho sea de paso, la expresión ‘medio idóneo’ que figura en la cita,  corresponde un concepto 'técnico' doctrinal budista.  Concepto según el cual la infinita sabiduría búdica se sirve de diversos medios idóneos (en este caso la muerte del Buda) para conducir a los hombres a la iluminación.  Dichos medios son idóneos porque se adaptan al nivel de ignorancia de los hombres a quienes se aplican, pero su función es llevarlos más allá de la misma.  

La cita del evangelio corresponde a San Juan, 14:19  {traducción Reina-Valera} 

La frase de Hegel se encuentra en su Fenomenología del Espíritu, capítulo VII La religión, sección La religión revelada {utilizamos la traducción de W. Roces editada por el FCE, México}. En Internet se encuentra una versión digital de la misma: Pinche para ir 

De esa importante obra de Hegel se ha publicado una traducción más reciente {editada por Pre Textos, Valencia}.  La cual, hasta donde pudimos ver, es, por un lado, más clara que la de Roces en varios pasajes de la obra, pero, por otro lado, contiene una cantidad tan abusiva y gratuita de glosas insertadas en el texto principal que finalmente el mismo resulta casi ilegible.     

Las palabras de Henry Corbin pertenecen al prólogo de su obra Cuerpo espiritual y Tierra celeste {editado por Siruela, Madrid}

La cita de Herbert Read la tomamos de su libro Anarquía y Orden, ensayos sobre política {editado por Emecé, Bs. As.}. En Internet se encuentra una versión digital del mismo en el sitio Scribd: Pinche para ir