16/2/12

Verdad y rectitud

Ahí donde todavía existe la noción de verdad; es decir ahí donde no rige ni ese nihilismo que cree poder decir 'adiós a la verdad', como pretende Vattimo, ni un duro pragmatismo para el cual no hay verdad sino sólo intereses y resultados; ahí donde todavía la verdad es una cuestión relevante,  decíamos, se plantea necesariamente el problema de la relación entre la verdad como tal y las formas que le sirven de soporte y medio de expresión.

Es con respecto a ese campo de problemas, el de la verdad y sus mediaciones, que hoy queremos compartir con los lectores un interesante relato de la tradición islámica. Pues aunque este no es un blog musulmán, ni religioso, la enseñanza de ese relato, entendemos, puede transponerse a distintos niveles de significación y ámbitos de existencia más allá del sentido específico que adquiere dentro de su tradición. El relato dice así: 

En cierta ocasión un sheij, es decir un maestro en asuntos espirituales, se reunió con un grupo de fieles para realizar de manera comunitaria la oración conocida en árabe como 'salat'.  El salat, cabe aclarar, es una oración cuya forma está totalmente definida. Pues consiste de una secuencia ordenada de movimientos físicos, y unas oraciones que deben coordinarse con los mismos.      
 
Pues bien, el grupo, de acuerdo a su tradición, se formó en hilera, se orientó hacia la Meca y realizó el salat en completa armonía.  Sin embargo, mientras realizaban la oración el sheij pudo observar de reojo que uno de los hombres del grupo no ejecutaba correctamente los movimientos. Por eso, una vez que el salat hubo terminado, el sheij se dirigió ese hombre y,  frente a todos, le preguntó con una voz de la cual emanaba autoridad y calidez:

-¿Cómo te llamas hermano?

- Me llamo Salman, contestó el hombre.  

Tras lo cual el sheij, amable, preguntó: 

- Dime Salman ¿estás seguro de tu salat?

Frente a esa pregunta Salman, que era un hombre rústico pero nada tonto, comprendiendo que algo no andaba bien, contestó:

-No sé, dímelo tú sheij. Pues tú eres quien sabe de estas cosas.

La respuesta humilde de Salman gustó al sheij, y también despertó la empatía de todo el grupo.  Entonces el sheij, siempre cuidando de no amedrentar a su interlocutor, le propuso que practicaran juntos el salat a fin de perfeccionarlo.  Así, dijo el sheij: 
 
-Yo te mostraré mi salat y tú, hermano Salman, debes observar atentamente para memorizar la forma correcta de hacerlo. 

Salman asintió con la cabeza. Y a continuación el sheij realizó delante de todos un salat perfectamente ejecutado y armónico. Luego le dijo a Salman que hiciera lo propio.  Salman, entonces, y para alegría de todos, hizo un salat tan perfecto como el que le había mostrado el sheij.   A raíz de lo cual el sheij exclamó casi eufórico:

- ¡Muy bien hermano! ¡muy bien!

Y todos alrededor aprobaron con la cabeza y sonrieron; y Salman también sonrió.  Pero el sheij quería asegurarse de que Salman no sólo había imitado sus movimientos sino que comprendía la diferencia entre la forma correcta del salat y la que Salman había realizado en primera instancia de manera imperfecta.  Por eso interrogó al hombre una vez más: 

- Ahora dime hermano: ¿cuál de los dos salat que has hecho fue el mejor y porqué?

A lo cual Salman, sin dudarlo un instante, contestó: 

- El mejor fue el primero...

Esa respuesta fue tan inesperada e incongruente con la situación que el sheij se sintió desconcertado e incómodo; y lo mismo el resto del  grupo.  El sheij, entonces, tratando de mantener la calma y de aclarar el malentendido, pues asumió que no podía tratarse de otra cosa más que de una mala interpretación de Salman respecto a su pregunta, insistió: 
      
-¿Cómo Salman? ¿te pregunté cuál de los dos salat fue el mejor?  ¿porqué dices que fue el primero?

Y Salman, tranquilo, contestó:         

-Porque el segundo salat lo hice para ti, sheij. Pero el primero lo hice para Allah...

La historia es tan elocuente que podríamos dejar este post aquí mismo. De todos modos vamos a hacer unas pocas observaciones al respecto:  

Es claro que aunque el sheij hace lo correcto, sin embargo, se equivoca. Mientras que Salman, aunque se equivoca, hace lo correcto.

Pues, el sheij no se limita a enseñarle a su hermano de fe cuál es el modo adecuado de orar, lo cual es noble y además propio de su función, sino que propone un criterio externo u objetivo  para juzgar las dos oraciones de Salman. Ese criterio es su propio salat.  

Salman, por su parte, se equivoca en su primera oración pero acierta en lo esencial. Pues comprende que la oración es para Dios, y no para la perfección de la forma, ni para obtener la aprobación de otros hombres. 

Así, el sheij es un hombre recto, y Salman un hombre verdadero.   

Pero, es importante destacarlo, la oposición entre el sheij y Salman no implica antagonismo sino que nos habla más bien de una jerarquía. Es decir, ahí no se cuestiona el valor de la rectitud sino que se la subordina a la verdad.  Por eso Salman no es un rebelde sino un símbolo de la verdad que nos hace libres.  

Por supuesto, quien no reconoce la verdad, y por lo tanto no es libre, debería atenerse a lo correcto. Ya que, como reza una máxima de Goethe: 

"Todo lo que emancipa nuestro espíritu sin darnos el dominio de nosotros mismos, acaba por ser pernicioso"

Por otra parte, quien reconoce la verdad, al menos en grado suficiente como para no confundirla con las formas que la  mediatizan y le sirven de soporte, no necesita oponerse a la rectitud.  Sólo se opone, llegado el caso, a que la rectitud usurpe el lugar de la verdad.

Y esto último, la usurpación, sucede cuando la rectitud se afirma a sí misma unilateralmente y así, subrepticiamente, se absolutiza.

10/2/12

El enigma de la Esfinge

"Se acabaron también los años que se medían por la rotación de los encantamientos, esos que se acuñaban con la imagen del futuro esplendor y en los que contemplábamos la muerte desde afuera..."
Olga Orozco

Vivimos en una cultura obsesionada con el tiempo. Una en la cual se conciben ideas, se despliegan grandes esfuerzos, y se implementan recursos para aprovechar el tiempo, para calcularlo, para controlarlo y para ponerlo a nuestro servicio. Así como, también, para escapar del mismo; o para disfrutarlo; para 'pasarlo' de alguna manera; y hasta para, en algunos casos, negar su existencia.

La organización económica y cultural de la sociedad en torno al consumo, así como el papel protagónico de la tecnología en dicha organización, no son cosas ajenas a esa obsesión por el tiempo. Entre otras cosas, porque la globalización económico cultural ha impuesto a la humanidad un tiempo cronométrico único, en desmedro de los tiempos propios de cada cultura local, cada grupo humano, y cada individuo.  

En palabras de una intelectual contemporánea, cuya orientación filosófica no compartimos pero que, a nuestro juicio, ha planteado con lucidez esa y otras cuestiones relativas a la relación entre tiempo y sociedad, Sylvane Agacinski: 

"La globalización es unificación de los ritmos del mundo, todos regulados por la hora occidental, vale decir, sobre las crono-técnicas contemporáneas"      

Pero esa 'unificación' no es tal; ya que se trata en realidad de una hegemonía externa impuesta a todo el mundo en contra del carácter cualitativo y plural del  tiempo real.  Y en este punto cabe recordar las siguientes palabras de Federico Schelling:

"{...} ninguna cosa tiene un tiempo exterior, sino que cada cosa sólo tiene un tiempo interior, propio, innato en ella e ínsito en ella"

Por otra parte, la experiencia del tiempo, es decir el modo de vivenciarlo individual y colectivamente, no es independiente del tipo de organización social y cultural en que se vive.  Por eso las tecnologías de medición, de transporte, de comunicación, y otras, han modificado, y siguen modificando día a día, la percepción que la gente tiene del tiempo. Lo cual, a su vez, modifica el modo de experimentar y comprender la vida. 

Esa percepción y experiencia del tiempo, y de la vida misma, se refleja hoy, entre otras cosas, en que se busca calcular el tiempo, invertir tiempo, ganar tiempo, ahorrar tiempo, acelerar el tiempo. En síntesis, se quiere manejar el tiempo. Y con ese fin se lo mide, registra, planifica, se lo sincroniza y uniforma, etc. 

Es claro que el tiempo nos angustia...

Y no está mal que así sea. Pues, aunque esa angustia no garantiza nada por sí misma, es señal de que todavía, como cultura, no hemos descendido al nivel de una deshumanización sin retorno.

Ahora bien, ¿qué es el tiempo? 

Obviamente la respuesta a esa pregunta dependerá, en principio, del modo de interpretar la pregunta.  Pero interpretar esa pregunta no es sencillo, porque el tiempo no se deja objetivar. Y eso por la por la sencilla razón de que es inseparable de la actividad de la conciencia. 

De ahí que las respuestas de quienes han asumido esa pregunta como si la misma hiciera referencia a un dato de la realidad, son casi siempre decepcionantes.  Y otro tanto puede decirse del tratamiento racionalista del tiempo, desde el concepto de tiempo como 'número del movimiento' en Aristóteles hasta las especulaciones de Mc Taggart para 'demostrar' que no existe el tiempo. Eso, por supuesto, sin perjuicio del interés relativo que todas esas teorías pueden tener cuando se considera alguno o varios de sus aspectos particulares.

En cambio, quienes han pensado interiormente sobre el tiempo, y al hablar de 'pensamiento interior' hablamos de uno que no se disocia del ser y de la intuición, ni tampoco de la sensibilidad, y que por lo mismo desborda el plano de las racionalizaciones abstractas, quienes han pensado así, decíamos, han dado  respuestas interesantes e iluminadoras acerca de aquella pregunta.  Entre ellos, por ejemplo, San Agustín, Nicolás de Cusa, Franz Von Baader, y algunos más.

San Agustín en particular, cuya indagación sobre el tiempo ha inspirado a otros pensadores desde hace casi dos milenios hasta el día de hoy, se interrogó por el tiempo no como quien pregunta por un fenómeno cualquiera de mundo sino con todo su ser. Por eso dijo en cierto momento de sus cavilaciones sobre el tema: 

"Mi alma tiene ansias por descifrar este complicado enigma"

Aquí no vamos a comentar la concepción agustiniana del tiempo; y en cambio recomendamos al lector, si no la conoce, que la lea y medite por su cuenta; pues no queremos dar una respuesta a la cuestión del tiempo sino sólo introducirnos y mantenernos en el horizonte de la pregunta:  ¿qué es el tiempo?     

Respecto al tiempo como pregunta observemos que Agustín lo llama 'enigma' (aenigma).  Y, a nuestro entender, esa palabra aparentemente incidental nos ofrece una clave de interpretación de la pregunta por el tiempo.  Pues, el tiempo, en cuanto asumimos nuestra propia implicación en la pregunta sobre el mismo, se convierte en enigma.

Pero, decir que el tiempo es un enigma no significa solamente que se trata de una cuestión oscura y difícil, sino algo más: significa comprender que el tiempo es, en sí mismo, de la naturaleza del enigma.  El enigma del tiempo, entonces, consiste en que el tiempo mismo es un enigma.

El tiempo, como la Esfinge cuando se dirige a Edipo, nos interpela y nos plantea un enigma. Y ese enigma es el propio tiempo...

Y en ese enigma no se trata de un mero acertijo sino de algo que no podemos eludir y además en ello, al igual que a Edipo con el enigma de la Esfinge, nos va la vida. Ya que nuestra vida transcurre, del nacimiento a la muerte, como vida temporal.     

Ahora bien, el enigma que la Esfinge le plantea a Edipo no es aquí sólo un ejemplo para ilustrar la idea de enigma en general, sino que tiene una relación precisa con la cuestión que tratamos.  Así que vamos a detenernos un momento en el mismo.  

La pregunta de la Esfinge de Tebas podría resumirse, aunque perdiendo matices y sin hacer justicia a la belleza de forma que tiene en Sófocles, así:  ¿cuál es el ser que en la infancia camina con cuatro patas, en la juventud con dos, y en la vejez con tres? Es importante recordar que en la respuesta Edipo se jugaba la vida, pues en caso de no encontrar la respuesta correcta la Esfinge lo devoraría. 

Pero Edipo acertó diciendo: ese ser es el hombre.  Frente a lo cual, la Esfinge, derrotada, se arrojó desde lo alto de una roca y se mató. 

Ahora, si se examina ese relato a la luz de lo que estamos planteando, no es difícil reconocer en ese enigma la mutua implicación entre humanidad, tiempo y muerte.  De modo que, entendemos, el enigma de la Esfinge de Tebas inscribe la pregunta por el tiempo en un horizonte de sentido muy distinto a la mera interrogación sobre un fenómeno del mundo,  ya que la anuda a la significación de lo humano y de la muerte.

Por su parte, la tradición budista transmite un interesante relato conocido como 'los cuatro encuentros'; en el cual se habla de las razones por las cuales el Buda comenzó la búsqueda espiritual que lo condujo a la iluminación. Expresado de modo sintético el relato consiste en lo siguiente:  

Se cuenta que el joven Siddhartha, príncipe de la aristocrática familia Gautama del clan guerrero de los Shakya, a pesar de todas las comodidades, lujos y diversiones que gozaba debido a su condición noble, sentía deseos de conocer el mundo exterior.  Por eso, tras vencer las negativas de su padre, y acompañado por su cochero, salió fuera de la ciudad-palacio en la que vivía (Kapilavatsu) en cuatro oportunidades:

La primera vez salió por la puerta oriental; y una vez afuera se encontró con un anciano decrépito. La segunda vez salió por la puerta meridional;  y una vez afuera se encontró con un enfermo. La tercera vez salió por la puerta occidental; y una vez afuera se encontró con un cortejo fúnebre que trasladaba un cadáver. La cuarta vez salió por la puerta septentrional;  y una vez afuera se encontró con un shramana, es decir un asceta buscador de la verdad. 

Dice la tradición que la última salida, el último encuentro, le indicó la vía para resolver la profunda turbación que le habían producido las tres salidas anteriores.  Entonces, el príncipe abandonó el palacio, su familia, los privilegios de la nobleza, renunció a su futuro como heredero del reino, y se entregó por entero a la búsqueda de la sabiduría suprema.       

Sin entrar en consideraciones acerca del profundo simbolismo del relato, por ejemplo el de las puertas y su orientación geográfica, resulta claro que en esos encuentros el joven Siddhartha se enfrenta con la finitud de la existencia. Pero la finitud de la existencia lleva la marca, como lo indica claramente el relato a través de las figuras del anciano y del muerto, de la temporalidad. 

Así, humanidad, tiempo y muerte aparecen tanto en el enigma que la Esfinge le plantea a Edipo, como en el enigma que los encuentros le plantean al joven Siddhartha.

Otra vez, entonces: ¿qué es el tiempo? ¿cómo entender la pregunta que el tiempo, como enigma, nos dirige? De nuestra parte, pensamos que esa pregunta podría, en una primera aproximación, expresarse así: 

¿Qué significa que, para nosotros, haya tiempo y sea inseparable de la conciencia y de la muerte?  

Es claro que, por todo lo que venimos diciendo, esa pregunta no puede responderse a través de una argumentación abstracta. Pues allí se nos pregunta, nada más y nada menos, que por nosotros mismos.  Por lo tanto, el modo de comprender el enigma del tiempo es también el modo de auto comprendemos como humanos; individualmente y como sociedad. 

De modo que la respuesta que demos al enigma del tiempo será también una respuesta acerca de nuestra propia identidad y del sentido de nuestra existencia.   Por eso, no da lo mismo si se piensa, como hace el nihilismo contemporáneo, que el modo de ser temporal es el todo del ser, o si, en cambio, se piensa que ese modo temporal es sólo una modalidad entre otras del ser. 

Pero incursionar ahora en la discusión de esas opciones nos conduciría a proponer una respuesta al enigma; y, como dijimos, aquí sólo queremos hacer presente y mantener abierta la pregunta. De modo que volvamos a la pregunta:  ¿qué es el tiempo?

Pues bien, y para terminar, a nuestro juicio esa pregunta es indisociable de esta otra:

¿Quienes somos?    



Referencias: 
Los versos del epígrafe pertenecen al poema de Olga Orozco titulado 'Cantata sombría', que integra la colección 'De la noche a la deriva' (1984), incluida a su vez en la antología de poesía y prosa de la autora 'Relámpagos de lo invisible' {editada por el FCE, México, Bs. As.}

La frase de Agacinski, y su reflexión sobre el tiempo y la sociedad actual, se encuentra en su libro 'El pasaje. Tiempo, modernidad y nostalgia' {editado por La marca, Bs. As.}.

Con respecto a Agacinski cabe decir que, a nuestro juicio, la autora no tiene ninguna conciencia de lo sagrado, ni tampoco aptitud para la metafísica, pero sus observaciones sobre el tiempo en relación a ciertos aspectos culturales, políticos y artísticos de la modernidad, y  muy particularmente en relación al impacto de la tecnología sobre los mismos, nos han parecido, muchas veces, lúcidos e interesantes. En cambio, y por lo mismo que señalamos antes, sus comentarios sobre los aspectos espirituales del tiempo, cuando los roza, no sobrepasan el nivel de un clisé 'post moderno' y carecen de toda hondura.  
  
La frase de Schelling pertenece a su obra 'Las edades del mundo' (en la versión de 1811), libro primero 'El pasado' {editado por Akal, Madrid}.   

La frase de San Agustín y su indagación sobre el tiempo se encuentran en sus 'Confesiones', libro XI {ediciones Paulinas, Argentina}.

El encuentro de Edipo con la Esfinge y el planteo del enigma, se encuentra en la tragedia de Sófocles titulada 'Edipo rey', incluida en 'Sófocles. Tragedias'  {editada por Gredos, Madrid}. 

El relato de los cuatro encuentros del joven Siddhartha, se transmite oralmente y proviene de los relatos de episodios de la vida del Buda dispersos en varios sutras budistas. Una presentación amena de la vida de Buda, que incluye ese relato y a la vez constituye una exposición clara de la enseñanza budista de los primeros tiempos, se encuentra en el libro de Daisaku Ikeda 'El Buda viviente' {editado por Emecé, Bs. As.}

Otro relato ameno sobre la vida de Shakyamuni es el de G. M. Nagao titulado 'La vida de Buda. Una interpretación'.  Incluido en la 'Revista de estudios budistas', Nro. 2 (año 1991-1992), dirigida por Fernando Tola y Carmen Dragonetti. Ese número contiene además unas reproducciones (precarias por cierto) de pinturas chinas alusivas a los cuatro encuentros. En Internet se encuentra la edición digital de ese y otros números de dicha revista: Pinche para ir